Las malas prácticas políticas ¿Cuáles son?

 

El tiempo del rasquerío político debe pasar luego. Los tiempos del olfato y la intuición dejémoslos en nuestro glorioso pasado. Dignificar la política no solo se trata de más sueldos y privilegios, significa necesariamente “tecnificarla y profesionalizarla”. En este punto, como sociedad  estamos al debe. Para hablar de una sólida y ejemplar democracia no basta con que el gobierno entregue rápidos resultados, reconozca tempranamente su derrota y los perdedores desfilen ordenadamente a saludar a los ganadores. El lugar común del “ejemplo democrático para el mundo” no puede apartarnos de lo esencial que es, de verdad, mejorar la calidad de nuestros procesos democráticos en todos los espacios y durante todo el tiempo. Tal vez ahí podamos hablar con propiedad de “ejemplo democrático” para el mundo.

Se escucha majaderamente que el resultado de las presidenciales recientes, donde se impuso la derecha por estrecho margen, es el resultado predecible de las malas prácticas políticas, muy habituales en nuestro ordenamiento partidario. Un fenómeno tristemente transversal por cierto, de manera que la coalición ganadora no debe cometer el error de embriagarse con su legítimo triunfo y echar al olvido este mensaje ciudadano. Es más notorio entre los que detentan el poder, están más expuestos y sus actos son altamente visibles, pero la advertencia ciudadana es para todos.

 Las malas prácticas de las que se habla, a mi juicio, convergen casi todas en las formas irrespetuosas y despreciativas con que se trata la voluntad popular. Parece que solo al  momento de una elección es considerada importante, pasada ésta, ya nada importa.

 De alguna manera me siento responsable por callar cuando Carolina Tohá renunció a su cargo de parlamentaria para integrar el gobierno. Prácticamente le heredó su cargo a Felipe Harboe haciendo caso omiso de la representatividad que se le había entregado vía voto popular. Sin desconocer los méritos y capacidad de Harboe, me parece que tal procedimiento es  arrogante e irrespetuoso con la ciudadanía. 

 Lo mismo pareciera estarse fraguando en la UDI; el Senador Pablo Longueira está gritando  a los cuatro vientos “que renunciaría si Piñera le diera un ministerio social”. ¿Estará Longueira pensando en heredarle su cupo de Senador a su amigo Lavín, de concretarse la pedida? La gente que depositó la confianza en Longueira ¿tendrá ocasión de decir algo de ocurrir esto?

 Casos hay por montones y en todos los niveles. Yo creo que la gente se aburrió del “palanqueo”. Curiosos casos de primarias se han visto en el último tiempo, donde terminan copando espacios los perdedores o los que nunca participaron. Bozán en Buin y Tombollini en San Antonio se me vienen a la mente. Por muy justificadas y argumentadas que sean esas decisiones son, una vez más, irrespetuosas de la voluntad popular. Otros le tienen “tirria” a las primarias, en fin. ¿Cómo poder criticar el binominalismo si procedemos, en muchas ocasiones, bajo su inentendible lógica de desconsideración del sentir popular?

 A estas alturas ni siquiera basta la plata para ser candidato, ayuda bastante claro está,  pero resulta mucho mejor negocio ser amigo o pariente de los que toman las decisiones, es decir, de las siempre denostadas “cúpulas” que usan y abusan de la varita mágica. Es un círculo vicioso que se retroalimenta. En el esquema actual, si  fuéramos “cúpulas”  haríamos lo mismo probablemente. Por ello urge un cambio de estilo, de formas y actitudes. Ojalá la derrota electoral aporte algo bueno en ese sentido. De lo contrario, tenemos derecha para dos décadas, o tal vez más.

 El dilema entonces es como detener esta perversa mecánica: cuando la varita toca a un elegido está todo perfecto, cuando aquello no ocurre se despotrica a más no poder. Los Ominami, Flores y  Schaulsohn son un buen ejemplo. Es la naturaleza humana en plena acción. ¿Qué hacer entonces? 

Y que decir de los siempre útiles y serviciales “operadores políticos”. Hacen un gran trabajo; alimentan la maquina con mucha pasión. Y ese trabajo debe ser recompensado. Es justo, más no a costa de las platas de todos.

La meritocracia técnica y profesional, más un compromiso partidario eficiente, deberían ser elementos de selección a la hora de ocupar cargos en el Estado. Siempre se supo, más nunca se fue riguroso con ello.

 Es probable que lo que hoy es urgente y necesario en pocos días ya no lo sea. El diagnóstico de las malas prácticas no es nada nuevo, sin embargo, no fuimos capaces de enmendarlo. Nuestra vocación suicida pudo más.

 Piñera no ganó. La concertación perdió, porque a pesar de todo, cerca de la mitad de los chilenos, muchos a regañadientes, quiso darle una nueva oportunidad, una oportunidad para enmendar pero ¿habría ocurrido algo distinto con las malas prácticas?, creo que no. Por lo tanto, más que llorar o buscar responsables (que los hay claro está) debemos trabajar por encontrar nuevos derroteros que aminoren estos males. Aunque duela y algunos se resistan.

 Por lo pronto, se me ocurre que materializar viejas propuestas y discusiones podría ser un camino orientador. Por algo hay que empezar:

  • Establecer mecanismos obligatorios de consulta y decisión de candidatos a cargos de elección popular. Primarias serias, transparentes y vinculantes,
  • Limitación de periodos de ejercicio de cargos de elección. Evitar la tentación de perpetuarse en los cargos es un antídoto para acorralar las malas prácticas,
  • Financiamiento estatal para los partidos políticos, contra planes de trabajo y rendición de cuentas, amén del cumplimiento de los procesos que garanticen democracia interna, fiscalizados por un ente contralor,
  • Exigencia legal, para todos los candidatos, de programas de trabajo escritos, con objetivos, indicadores y metas claramente mensurables. Evita a los “chantas” y la ciudadanía dispone de indicadores de gestión para evaluar,
  • Obligatoriedad de rendición de cuentas anuales en base a programas de trabajo presentados durante las campañas y no a otros embelecos que a veces se inventan,
  • Establecer la posibilidad del “revocamiento de mandato” para aquellos que se aparten de sus programas de trabajo por lo cual fueron electos. Bajo esta condición de seguro que la voluntad popular gozaría de mayor respeto,
  • Los mecanismos de participación ciudadana deben ser parte cotidiana de nuestro quehacer y no aparecer de vez en cuando como una buena práctica excepcional en alguna recopilación,
  • Limitación de los cargos de confianza en el aparato estatal,
  • Seleccionar personal a través de mecanismos donde la injerencia de la autoridad respectiva esté equilibrada con otras instancias. Que la autoridad política tenga injerencia tan directa en la selección de personal contribuye a generar complicidades y dependencias perversas entre éste y el contratado. 
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